La Flecha negra

La Flecha negra

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Se recostó contra un árbol, chorreando agua y sangre, magullado, herido y solo. De todos modos, por esta vez, había salvado la vida, y aunque Joanna quedara en poder de sir Daniel, no se consideraba responsable de un accidente que no estuvo en sus manos evitar, ni auguraba fatales consecuencias para la muchacha. Sir Daniel era cruel, pero no era probable que lo fuese con una damisela que contaba con otros protectores capaces de pedirle cuentas. Más probable sería que se apresurase a casarla con algún amigo suyo.

Bien —pensó Dick—; de aquí a entonces ya encontraré medio de someter a ese traidor, pues ¡por la misa!, que ahora sí que estoy libre de toda gratitud u obligación; y una vez declarada la guerra, lo mismo puede el azar favorecer a unos que a otros.

Mientras así pensaba, su situación era bien penosa.

Prosiguió durante un trecho su camino, luchando por abrirse paso a través del bosque; pero, en parte por el dolor de sus heridas, en parte por la oscuridad de la noche y la extrema inquietud y confusión de sus ideas, pronto se sintió tan incapaz de guiarse como de continuar adelante entre la espesa maleza, hasta que no tuvo más remedio que sentarse, apoyando el cuerpo contra el tronco de un árbol.


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