La Flecha negra
La Flecha negra Miró el joven a derecha e izquierda y al fin observó que el otro extremo de la cuerda había sido atado al tronco de un espino blanco que, cubierto de flor, crecía bajo la elevada bóveda del roble. Con su daga, única arma que le quedaba, Dick cortó la cuerda e inmediatamente, con sordo ruido, cayó el cadáver pesadamente al suelo.
Levantó Dick la capucha: era Throgmorton, el mensajero de sir Daniel. No había llegado muy lejos en su misión. Un papel que, al parecer, pasó inadvertido para los hombres de la Flecha Negra, asomaba en su pecho a través del jubón; tirando de él, Dick pudo ver que era la carta de sir Daniel a lord Wensleydale.
¡Vaya! —pensó—. Si las cosas cambian de nuevo aquí, tengo suficiente para avergonzar a sir Daniel… y hasta quién sabe si para hacerle decapitar.
Guardando el papel en su pecho, rezó una oración al muerto y reanudó la marcha a través del bosque.
Su fatiga y su debilidad aumentaban por momentos; le zumbaban los oídos, vacilaba en su paso y, a intervalos, se sentía desfallecer; a tal punto había llegado por la pérdida de sangre. Indudablemente, se desvió varias veces del verdadero camino que debía seguir; mas al fin salió a la carretera real, no muy lejos de la aldea de Tunstall.
Una voz áspera le dio el alto.