La Flecha negra
La Flecha negra —¿Alto? —repitió Dick—. ¡Por la misa, si casi me caigo!
Acompañando la acción a la palabra, cayó cuan largo era sobre el camino.
Dos hombres salieron de la espesura, vistiendo verde jubón y armados de grandes arcos, aljabas y espadas cortas.
—¡Mira, Lawless! —exclamó el más joven de los dos—. ¡Si es el joven Shelton!
—Sabroso bocado ha de parecerle que le llevamos a John Amend-all —repuso el otro—. Aunque a fe mÃa que ha estado en la guerra. Aquà tiene un desgarrón en la cabellera que le habrá costado su buena onza de sangre.
—Y aquà —añadió Greensheve—, en el hombro, tiene un agujero que le habrá escocido de lo lindo. ¿Quién te parece a ti que le habrá hecho esto? Si es uno de los nuestros puede encomendarse a Dios, pues Ellis le dará muy corta confesión y muy larga cuerda.
—Arriba con el cachorro —dijo Lawless—. Échamelo a la espalda.
Cuando Dick estuvo colocado sobre sus hombros y se hubo apretado los brazos del muchacho en torno al cuello, afianzándolo bien, el exfraile franciscano añadió:
—Guarda tú el puesto, hermano Greensheve. Ya me lo llevaré yo solo.