La Flecha negra
La Flecha negra Volvió Greensheve a su escondite al borde del camino, y Lawless se fue colina abajo, silbando tranquilamente, llevando sobre sus hombros, muy bien colocado, a Dick, desmayado todavía.
Al salir del extremo del bosque, se alzó el sol en el horizonte y apareció ante su vista la aldea de Tunstall esparcida y como trepando por la colina opuesta. Todo parecía en calma, pero una sólida avanzada de unos diez arqueros vigilaba atentamente el puente a cada lado del camino, y tan pronto como divisaron a Lawless con su carga a cuestas, comenzaron a agitarse y preparar sus arcos como buenos centinelas.
—¿Quién va? —gritó el que los mandaba.
—Will Lawless, ¡por la Cruz!… ¡Si me conoces tan bien como a los dedos de tus manos! —contestó el forajido desdeñosamente.
—Di el santo y seña, Lawless —replicó el otro.
—¡Ésa sí que es buena! ¡Vaya, que el cielo te ilumine, pedazo de alcornoque! —repuso Lawless—. ¿No fui yo mismo quién te lo dio a ti? Pero estáis todos locos, jugando a los soldados… Si estoy en el bosque, debo proceder como en el bosque, y mi santo y seña es éste: «¡Una higa para estos soldados de pacotilla!».