La Flecha negra
La Flecha negra —Lawless: estás dando mal ejemplo; danos la consigna, loco bufón —insistió el que mandaba la guardia.
—¿Y si se me hubiera olvidado? —preguntó el otro.
—Si se te hubiera olvidado… lo que sé que no es cierto… ¡por la misa, que te meterÃa una flecha en tu cuerpo gordinflón! —repuso el primero.
—Bien; si tan mal genio tienes —dijo Lawless—, te daré la consigna: «Duckworth y Shelton», y como ilustración del mismo, aquà tienes a Shelton en mis hombros, y a Duckworth se lo llevo.
—Pasa, Lawless —dijo el centinela.
—¿Dónde está John? —preguntó el exfraile.
—Está en audiencia… y cobra rentas como si para ello hubiera nacido —exclamó otro de los que allà estaban.
Asà era, en efecto. Cuando Lawless se internó en el pueblo hasta llegar a la pobre posada del mismo, encontró a Ellis Duckworth rodeado de los arrendatarios de sir Daniel, a los cuales, por el derecho de conquista que le daba su buena partida de arqueros, les iba cobrando muy tranquilamente sus arrendamientos, dándoles a cambio los correspondientes recibos. A juzgar por los rostros de los vasallos, era evidente cuán poco les agradaba el procedimiento, porque alegaban, con mucha razón, que tendrÃan que pagarles dos veces.