La Flecha negra
La Flecha negra Tan pronto como supo lo que Lawless había traído despidió Ellis a los arrendatarios, y con grandes muestras de interés y cuidado por su salud, condujo a Dick a una habitación interior de la posada. Atendieron a las heridas del muchacho y con remedios caseros le hicieron recobrar el conocimiento.
—Querido muchacho —dijo Ellis, estrechándole la mano—: Estás en poder de un amigo que quiso mucho a tu padre y que, por su causa, te quiere a ti también. Descansa tranquilamente, pues bien lo necesita tu estado. Luego me contarás tu historia y entre los dos hallaremos remedio a tus males.
Horas más tarde, y una vez Dick hubo despertado de un confortable y ligero sueño, tras el que se sintió todavía muy débil, pero más despejada la cabeza y más descansado el cuerpo, le rogó, por la memoria de su padre, que le refiriera detalladamente las circunstancias de su fuga de Moat House. Algo había en el robusto y varonil aspecto de Duckworth, en la honradez que aparecía pintada en su moreno rostro, en la clara y penetrante viveza de sus ojos, que movió a Dick a obedecerle, y el muchacho refirióle, de cabo a rabo, la historia de sus aventuras durante los dos últimos días.