La Flecha negra

La Flecha negra

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—¿Me oyes, Nick? —le preguntó Hatch—. ¿Deseas algo? ¿Tienes algo que decir antes de dejar este mundo, hermano?

—¡Arráncame esta flecha y déjame morir, por la Virgen María! —susurró Appleyard—. ¡Ya se acabó para mí la vieja Inglaterra! ¡Arráncamela, arráncamela!

—Master Dick —exclamó Bennet—, acercaos y dad un buen tirón a la flecha. Lo que él quiere es morir, el pobre pecador.

Dick dejó en el suelo su ballesta y, tirando de la flecha con todas sus fuerzas, consiguió arrancarla de la herida. Brotó un chorro de sangre, intentó el viejo arquero ponerse de pie y, pronunciando el nombre de Dios, cayó muerto.

Hatch, arrodillado entre las coles, oró con fervor por el descanso de su alma. Mas, en tanto que oraba, veíase que su atención se hallaba dividida: no dejaba de mirar ni un instante de reojo hacia aquel rincón del bosque de donde partiera el certero flechazo. Terminada su oración, se alzó de nuevo, se quitó una de sus manoplas de malla y se enjugó el pálido rostro, empapado de un sudor aterrado.

—Sí —dijo—, la próxima vez me tocará a mí.

—¿Quién habrá hecho esto, Bennet? —preguntó Richard, conservando aún en su mano la flecha.


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