La Flecha negra
La Flecha negra Silbó en el aire una flecha como un gigantesco abejorro y vino a clavársele al viejo Appleyard entre ambos omoplatos, atravesándole de parte a parte y haciéndole caer de cabeza sobre las coles. Hatch contuvo un grito y saltó en el aire; después, agachándose cuanto pudo, corrió a refugiarse en la casa. Entretanto, sir Dick Shelton se habÃa ocultado tras unas lilas y con el arco tenso y apoyado en el hombro apuntaba hacia el bosque.
No se movÃa ni una hoja. Las ovejas pacÃan tranquilamente y los pájaros se habÃan apaciguado. Pero en el suelo yacÃa el viejo, con una flecha de una vara de largo clavada en la espalda. Hatch continuaba protegido bajo el alero del tejado, y Dick estaba alerta, agazapado tras el árbol.
—¿Veis algo? —gritó Hatch.
—No se mueve ni una rama —contestó Dick.
—Me da vergüenza dejarle ahà tendido —dijo Bennet, adelantándose de nuevo con vacilante paso y muy pálido el rostro—. No perdáis de vista el bosque, master Shelton; vigiladlo bien. ¡Los santos nos asistan! ¡Buen tiro fue éste!
Bennet alzó al viejo arquero y lo apoyó sobre su rodilla. TodavÃa no estaba muerto. Su rostro se contraÃa, abrÃa y cerraba los ojos maquinalmente, y tenÃa el horrible aspecto de quien sufre un gran dolor.