La Flecha negra
La Flecha negra —Apuesto que a ti —repuso Hatch.
—¡Apuesto mi capote contra un cinto de cuero a que serÃais vos el elegido! —exclamó el viejo arquero—. Vos fuisteis quien incendió Grimstone, Bennet, y eso no os lo perdonarán nunca, amigo mÃo. En cuanto a mÃ, pronto estaré en lugar seguro, Dios mediante, lejos de los tiros de flecha y de los cañonazos también… y de todas las ruindades de mis enemigos. Ya soy viejo y me acerco rápidamente a mi última morada, donde el lecho está dispuesto. Pero vos, Bennet, quedaréis a merced de todos los peligros, y si llegáis a mi edad sin que os hayan colgado, será porque el genuino espÃritu inglés habrá muerto ya.
—Eres el viejo mastuerzo de peor genio de todo el bosque de Tunstall —replicó Hatch, enojado por aquellos amenazadores presagios—. Anda de una vez a armarte antes de que llegue sir Oliver, y déjate, por una vez en tu vida, de charlas inútiles. Si a Enrique V le hablabas tanto, tendrÃa más llenos los oÃdos que el bolsillo.