La Flecha negra
La Flecha negra —¿Qué pasa con los pájaros? —preguntó Bennet.
—¡Verdaderamente —repuso Appleyard—, hacĂ©is bien en iros a la guerra, master Bennet! Los pájaros son buenos centinelas; en los bosques suelen ser los que primero figuran en la lĂnea de batalla. ¡Mirad! Si Ă©ste fuera un campamento, bien pudiera haber arqueros acechando para dar con nosotros, y, sin embargo, aquĂ estarĂais como si tal cosa.
—¡Qué dices, condenado! —gritó Hatch—. ¡Si en torno nuestro no hay más hombres que los de sir Daniel, en Kettley! Estás más seguro que en la torre de Londres, y quieres asustarnos con unos cuantos gorriones o algún pinzón.
—¡Escuchadle! —rezongĂł Appleyard—. ¡Cuántos bribones se dejarĂan cortar las orejas con tal de darse el gustazo de podernos enviar una flecha a cualquiera de nosotros! ¡San Miguel nos valga! ¡Si nos odian como si fuĂ©ramos la peste!
—¡Cierto es que odian a sir Daniel! —repuso Hatch algo más sosegado.
—A sir Daniel y a todo el que le sirve —refunfuñó Appleyard—, y en primer tĂ©rmino a Bennet Hatch y al viejo Nicholas, el arquero. Mirad: si allá lejos, en el extremo del bosque, hubiese un hombre forzudo y vos y yo permaneciĂ©semos aquĂ a merced suya, como lo estamos, Âża quiĂ©n creĂ©is que escogerĂan?