La Flecha negra
La Flecha negra —¡Disparar un arco! —repitió Appleyard—. ¡SÃ! Pero ¿quién serÃa capaz de dar en el blanco? Ahà es donde hay que tener buen ojo y la cabeza en su sitio. Si no, vamos a ver, ¿a qué llamarÃais vos un tiro largo de ballesta?
—¡Hombre! Largo serÃa a una distancia como de aquà al bosque —contestó Bennet mirando en torno suyo.
—SÃ, algo largo serÃa —murmuró el viejo, volviéndose para mirar por encima del hombro. Después se colocó la mano sobre los ojos y permaneció con ellos fijos en la lejanÃa.
—¿Qué miras? —preguntó Bennet entre dientes—. ¿Acaso ves a Enrique V?
El veterano siguió mirando hacia la colina. El sol brillaba esplendoroso sobre las praderas; ramoneaban algunas ovejas blancas. Todo estaba en silencio, turbado tan sólo por el lejano tañido de la campana.
—¿Qué ocurre, Appleyard? —inquirió Dick.
—Qué ha de ocurrir… Los pájaros.
Sobre la parte superior del bosque, desde donde descendÃa como una lengua a través de los prados, para terminar en un par de olmos verdes, a un tiro de flecha aproximadamente del lugar donde nuestros interlocutores se hallaban, una bandada de pájaros revoloteaba de un lado a otro con evidente alarma.