La Flecha negra
La Flecha negra HABÍAN TRANSCURRIDO varios meses desde el día en que Richard Shelton pudo escapar de las garras de su tutor, meses extraordinariamente fecundos en acontecimientos para Inglaterra.
El partido de Lancaster, casi moribundo entonces, logró levantar cabeza una vez más. Derrotados y dispersos los de York, acuchillado su jefe en el campo de batalla, pareció, durante una breve temporada del invierno que siguió a los sucesos relatados, que la casa de Lancaster había triunfado definitivamente sobre sus enemigos.
La pequeña ciudad de Shoreby-on-the-Till se hallaba llena de nobles del partido de Lancaster, procedentes de las cercanías. Estaban allí el conde de Risingham, con trescientos hombres de armas; lord Shoreby, con doscientos; y el propio sir Daniel, de nuevo en auge y enriqueciéndose una vez más a fuerza de confiscaciones, se alojaba en una casa de su propiedad, situada en la calle principal, con sesenta hombres. Verdaderamente las cosas habían cambiado.
Era una tarde oscura, de frío intenso, de la primera semana de enero. Blanqueaba la escarcha, soplaba el vendaval y todo anunciaba nieve antes del amanecer.
En una sórdida y mal alumbrada taberna de una callejuela cercana al puerto, tres o cuatro hombres sentados bebían cerveza y despachaban una frugal cena de huevos.
