La Flecha negra

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2. Una escaramuza en las tinieblas

EMPAPADOS POR por completo y helado el cuerpo, volvieron los dos aventureros a su escondrijo entre los tejos.

—¡Quiera el cielo que Capper se dé prisa! ¡Un cirio le prometo a santa María de Shoreby si regresa antes de una hora!

—¿Tenéis prisa, master Shelton? —preguntó Greensheve.

—Sí, amigo mío —respondió Dick—, porque en esa casa está la mujer a quien amo, y ¿quiénes piensas tú que pueden ser los que la rodean en secreto esta noche? ¡Enemigos, sin duda!

—Bien —repuso Greensheve—; si John vuelve pronto, daremos buena cuenta de ellos. No llegan a cuarenta los que están fuera; y cogiéndolos donde se hallan, tan desperdigados, veinte hombres bastarían para espantarlos como bandada de gorriones. Y, sin embargo, master Shelton, si ya está ella en poder de sir Daniel, poco le perjudicará el que pase a manos de otro. ¿Quién será éste?

—Sospecho que lord Shoreby —contestó Dick—. ¿Cuándo vinieron?

—Empezaron a llegar, master Dick —dijo Greensheve—, poco más o menos cuando vos saltabais la tapia. Apenas si llevaba un minuto allí cuando vi al primero de esos granujas arrastrándose hasta doblar la esquina.


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