La Flecha negra
La Flecha negra Entre los dos llevaron el cuerpo del viejo arquero a su casa, donde había vivido completamente solo. Allí le dejaron tendido en el suelo, para no manchar el colchón de la cama, y colocaron sus miembros lo mejor que pudieron.
La casa de Appleyard era de aspecto limpio y sencillo. Sólo contenía una cama con colcha azul, un aparador, un gran arcón, un par de taburetes y una mesa con goznes en un rincón junto a la chimenea. De la pared colgaba la armería del viejo soldado: sus arcos y su coraza. Hatch comenzó a mirar en torno suyo con curiosidad.
—Nick tenía dinero —dijo—. Debe de tener escondidas unas sesenta libras. ¡Cómo me gustaría encontrarlas! Cuando se pierde un buen amigo, master Richard, el mejor consuelo es heredarle. Mirad ese arcón. Apostaría cualquier cosa a que contiene cerca de su buena media fanega de oro. Appleyard el arquero tenía la mano dura para recoger, y también para guardar. ¡Que Dios le haya perdonado sus pecados! Cerca de ochenta años se ha mantenido en pie, y siempre recogiendo y guardando; pero al fin ha tenido que tenderse de espaldas para siempre, ¡pobre viejo huraño!, y ya se han acabado para él todas las necesidades… Sin duda, pienso yo, si sus bienes van a parar a manos de un buen amigo, se alegrará de ello y se sentirá más feliz allá en el cielo.