La Flecha negra
La Flecha negra —¡Vamos, Hatch! —exclamó Dick—. Respetad esos ojos cerrados para siempre… ¿SerÃais capaz de robarle ante su propio cadáver? ¡EcharÃa a andar para impedirlo!
Hatch hizo la señal de la cruz varias veces, pero luego volvió el color a su rostro, y no fue fácil disuadirle de sus propósitos. La hubiera emprendido con el arcón si en aquel momento no se hubiera oÃdo ruido en la puerta de la cerca, y si poco después no se hubiese abierto la de la casa, dando paso a un hombre alto, corpulento y colorado, de ojos negros, de unos cincuenta años de edad, cubierto con negro traje talar y sobrepelliz.
—Appleyard —entraba diciendo el recién llegado; pero al contemplar el cuadro se quedó paralizado de asombro—. ¡Ave MarÃa! —exclamó—. ¡Dios y los santos nos asistan! ¿Qué escándalo es éste?
—FrÃo escándalo para Appleyard, señor cura —contestó Hatch sin asomo de humor—. Acaban de asesinarle a la puerta de su casa, y llega en este momento al Purgatorio. ¡Verdaderamente, si es cierto lo que cuentan, allà no han de faltarle carbón ni lumbre!
Con vacilante paso se dejó caer sir Oliver sobre uno de los taburetes, demudado el rostro y sintiéndose desfallecer.