La Flecha negra
La Flecha negra —¡Esto es la ejecución de una sentencia! —dijo—. ¡Oh! ¡Qué golpe! ¡Qué golpe! —exclamó sollozando. Y enseguida comenzó a rezar infinidad de oraciones.
Hatch, entretanto, se despojaba respetuosamente de su celada e hincaba su rodilla en tierra.
—¡Ay, Bennet! —murmuró el clérigo, algo repuesto de su asombro—. ¿Qué puede ser esto? ¿Quién será el enemigo que se ha atrevido a ejecutarlo?
—Aquà tenéis la flecha, sir Oliver. Mirad: lleva escritas unas palabras —observó Dick.
—¡Cómo! —exclamó el cura—. ¡Esto es abominable! ¡John Amend-all! ¡Un nombre digno de un lollardo[2]! ¡Y negro el color de la flecha, como de mal agüero! ¡Caballeros, esta maldita flecha no me gusta nada! Pero lo importante ahora es que deliberemos de dónde puede venir. Ayúdame a pensar, Bennet. Entre tantos que nos quieren mal, ¿quién será el que tan audazmente nos reta? ¿Simnel? No lo creo. ¿Los Walsingham? No, no han llegado aún hasta ese punto; aún confÃan en imponérsenos cuando las cosas cambien. También pudiera ser Simon Malmesbury. ¿Qué crees tú, Bennet?
—¿PodrÃa ser, señor —repuso Hatch—, Ellis Duckworth?