La Flecha negra

La Flecha negra

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Un instante después peleaba en lucha más igual con el segundo de sus perseguidores. No había ahora gran diferencia de estatura, y aunque el hombre acometía con espada y daga, en contra de una sola hacha, y era astuto y rápido en la defensa, lo que le daba cierta superioridad en las armas, quedaba ésta compensada por la mayor agilidad de Dick. Al principio, ninguno de los dos adquiría ventaja; pero el más viejo iba aprovechándose insensiblemente de la furia del más joven para llevarle al terreno que quería, y a poco observó Dick que habían cruzado todo el ancho de la playa y que estaban ya luchando hundidos hasta más arriba de las rodillas en la espuma y las burbujas de las rompientes olas. Resultaba allí inútil toda actividad, toda la ligereza de pies del mozo, hallándose éste más o menos a discreción de su enemigo; un poco más y quedaba de espaldas a sus propios hombres, advirtiendo que su diestro y experto adversario no hacía otra cosa que alejarle más y más de los suyos.

Dick rechinó los dientes de coraje. Resolvió terminar al instante el combate, y en cuanto rompió en la playa otra ola y, retirándose, dejó en seco la arena, se precipitó sobre el otro, paró un golpe con el hacha y de un salto se le agarró al cuello. El hombre cayó de espaldas y Dick sobre él, y como la siguiente ola sucedió rápidamente a la anterior, quedó sepultado bajo la sábana de agua.


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