La Flecha negra
La Flecha negra Sumergido todavÃa, Dick le arrebató la daga de la mano y se puso en pie, victorioso.
—¡RÃndete! —le gritó—. Te perdono la vida.
—Me rindo —contestó el otro, incorporándose hasta quedar arrodillado—. Peleas como joven que eres, con ignorancia y temeridad; pero ¡por toda la corte celestial, que te bates como un bravo!
Dick se volvió para mirar hacia la playa. El combate seguÃa aún vivÃsimo e indeciso en medio de la noche; sobre el ronco bramar de las rompientes olas se oÃa el chocar de los aceros y resonaban los ayes de dolor y los gritos de combate.
—Llévame adonde está tu capitán, joven —dijo el vencido caballero—. Ya es hora de que termine esta cacerÃa.
—Señor —contestó Dick—: Si estos valientes muchachos tienen capitán, es este pobre caballero que os está hablando ahora.
—Pues, entonces, llamad a vuestros perros, y yo daré a mis villanos la orden de que cesen.
Algo noble habÃa en la voz y en las maneras del vencido adversario de Dick, por lo que éste desechó al instante todo temor de traición.
—¡Deponed las armas, muchachos! —gritó el desconocido caballero—. Me he rendido bajo promesa de respetar mi vida.