La Flecha negra
La Flecha negra El tono del forastero era de orden absoluta, inapelable, y casi al instante cesó el estrépito y la confusión de la refriega.
—¡Lawless! —gritó Dick—. ¿Estás sano y salvo?
—¡SÃ! —contestó éste—. Sano y animoso.
—Enciende la linterna —le ordenó Dick.
—¿No está aquà sir Daniel? —preguntó el caballero.
—¿Sir Daniel? —repitió Dick—. Por la cruz que espero que no. Mal lo pasarÃa yo si aquà estuviese.
—¿Qué vos lo pasarÃais mal, noble caballero? —preguntó el otro—. Entonces si no sois del partido de sir Daniel, confieso que no lo entiendo. ¿Por qué os lanzasteis, pues, contra mi emboscada? ¿Por qué lucháis, mi joven y fogoso amigo? ¿Con qué propósito? Y para terminar de preguntaros, ¿a qué buen caballero me he entregado?
Pero antes de que Dick pudiera contestar, una voz habló en la oscuridad junto a ellos. Dick pudo distinguir la divisa blanca y negra del que hablaba y el respetuoso saludo que dirigió a su superior.