La Flecha negra
La Flecha negra —Milord —dijo—; si estos caballeros son enemigos de sir Daniel, es una verdadera lástima que hayamos tenido que venir a las manos; pero diez veces mayor serÃa que ellos o nosotros permaneciésemos aquà entretenidos. Los vigilantes de la casa, a menos que estén todos muertos o sordos, han tenido que oÃr nuestros golpes desde hace un cuarto de hora; inmediatamente habrán hecho señales a la ciudad, y como no nos apresuremos, es probable que unos y otros tengamos que habérnoslas con un nuevo enemigo.
—Hawksley tiene razón —observó el lord—. ¿Qué opináis, señor? ¿Adónde vamos?
—Milord —respondió Dick—; por mà podéis ir adonde os plazca. Empiezo a sospechar que tenemos motivos para ser amigos, y si bien es cierto que nuestras relaciones empezaron de modo harto brusco, no quisiera yo continuarlas groseramente. Separémonos, pues, milord, chocando vuestra mano con la que os tiendo, y a la hora y en el lugar que digáis encontrémonos de nuevo para ponernos de acuerdo.
—Sois demasiado confiado, joven —contestó el otro—; pero esta vez no habéis depositado mal vuestra confianza. Al apuntar el dÃa iré a encontraros frente a la Cruz de Santa BrÃgida. ¡Vamos, muchachos, seguidme!