La Flecha negra
La Flecha negra Los desconocidos desaparecieron del lugar de la escena con tal rapidez que resultaba sospechosa, y mientras los forajidos se entregaban a la agradable tarea de despojar a los muertos, Dick dio la vuelta una vez más a la tapia del jardÃn para examinar el frente de la casa. En una pequeña tronera de la parte alta del tejado distinguió una serie de luces, y como ciertamente podÃan ser vistas desde las ventanas posteriores de la residencia de sir Daniel, no dudó de que fuera ésta la señal temida por Hawksley y que, a no tardar, llegarÃan los lanceros del caballero de Tunstall.
Puso el oÃdo en tierra y le pareció percibir un sordo y lejano ruido que venÃa de la ciudad. Volvió corriendo a la playa. Mas la tarea habÃa terminado: ya el último cadáver estaba desarmado y despojado de sus ropas, y cuatro hombres, adentrándose en el mar, lo abandonaban a merced de las aguas.
Pocos minutos después, cuando salieron por una de las callejuelas próximas de Shoreby unos cuarenta jinetes, ensillados a toda prisa y marchando a galope, ya los alrededores de la casa junto al mar estaban sumidos en el más profundo silencio y desiertos por completo.
Entretanto, Dick y sus hombres habÃan vuelto a la taberna de La Cabra y la Gaita para procurarse algunas horas de reposo antes de la cita matinal.