La Flecha negra
La Flecha negra
A ESPALDAS de Shoreby, en los límites del bosque de Tunstall, elevábase la Cruz de Santa Brígida. Dos caminos se cruzaban allí: uno era el de Holywood, atravesando el bosque; otro, el de Risingham, por el cual vimos huir en desorden a los vencidos partidarios de Lancaster. Allí se juntaban ambos y descendían por la colina hasta Shoreby, y un poco antes del punto de unión coronaba la cima de un montículo la vieja cruz, maltratada por los embates del tiempo.
Las siete de la mañana serían cuando Dick llegó a aquel lugar. El frío era vivísimo; la tierra aparecía grisácea y plateada por la blanca escarcha; ya apuntaba el día por oriente, luciendo vivos colores purpúreos o anaranjados.
Dick se sentó en el primer escalón de la cruz, se envolvió bien en su tabardo y escudriñó por todos lados con vigilante mirada. No tuvo que esperar mucho. Por el camino de Holywood descendía un caballero, con rica y brillante armadura, cubierta con una sobrevesta de las más raras pieles, marchando al paso sobre un magnífico corcel. A unos veinte metros de distancia le seguía un pelotón de lanceros; pero éstos, tan pronto como divisaron el lugar de la cita, hicieron alto, mientras el caballero de la sobrevesta de piel seguía avanzando solo.
