La Flecha negra
La Flecha negra —Ésa es la pura verdad —observó lord Foxham—. Y teniendo, además, en cuenta que soy vuestro prisionero, sin que admitáis más condiciones que el concederme sencillamente la vida, y que, por otra parte, la doncella, por desgracia, está en otras manos, consentiré. Ayudadme vos con vuestra buena gente…
—Milord —exclamó Dick—; son los mismos forajidos con quienes hace poco censurabais que me uniese.
—Que sean lo que quieran; el hecho es que saben luchar —replicó lord Foxham—. Ayudadme, pues, y si entre los dos recuperamos a la doncella, ¡juro por mi honor de caballero que se casará con vos!
Dobló Dick la rodilla ante su prisionero; mas éste, levantándose de la cruz, alzó al muchacho y lo abrazó como a un hijo.
—Vamos —dijo—, si vais a casaros con Joanna, debemos ser ya buenos amigos.