La Flecha negra

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5. El Buena Esperanza (continuación)

NO SE hallaba el malecón a gran distancia de la casa en la que estaba Joanna. Lo que quedaba por hacer era sólo desembarcar a los hombres, poner fuerte cerco a la casa, forzar la puerta y llevarse a la cautiva. Podían despedirse, pues, del Buena Esperanza: había cumplido su misión de llevarles a retaguardia de sus enemigos, y la retirada, tanto si salían victoriosos como si fracasaban en su principal objetivo, deberían verificarla con mayores esperanzas en dirección al bosque y de las fuerzas de reserva de lord Foxham.

Pero el desembarco de los forajidos no era tarea fácil: muchos se habían mareado, todos se hallaban ateridos de frío, el desorden y la confusión de a bordo habían relajado su disciplina, el movimiento desusado del barco y la oscuridad de la noche les tenía acobardados. Se precipitaron, pues, todos en tropel sobre el malecón; milord, con la espada desenvainada contra sus propios partidarios, hubo de lanzarse al frente, y aquel tumultuoso impulso no pudo refrenarse sin cierto vocerío, muy lamentable en aquel caso.

Cuando se restableció un cierto orden, Dick partió al frente de unos cuantos hombres escogidos. La oscuridad en la playa, en contraste con los destellos de luz de los rompientes, apareció ante sus ojos como si fuera un cuerpo sólido, y los aullidos y silbidos de la tempestad ahogaban todo ruido menor.


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