La Flecha negra
La Flecha negra Al extremo del malecón, Dick se mantuvo firme, cosa de un minuto, con su puñado de hombres; hubo una o dos bajas por cada bando; se cruzaron los aceros; no se apreciaba la menor señal de ventaja cuando, de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, cambió la suerte en contra de los del Buena Esperanza. Alguien gritó que todo estaba perdido. La gente se hallaba muy predispuesta a prestar oídos a cualquier consejo funesto y desalentador. Y el grito halló eco. «¡A bordo, muchachos, sálvese quién pueda!», gritó otro. Un tercero, con el típico instinto del cobarde, lanzó la voz inevitable que se alza en todas las retiradas: «¡Traición! ¡Nos han vendido!». Y en un momento aquella masa de hombres se lanzó, agolpándose y empujándose unos a otros, hacia atrás, hacia el malecón, volviendo sus indefensas espaldas a sus perseguidores y poblando la noche de pusilánimes alaridos.