La Flecha negra

La Flecha negra

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Uno de aquellos cobardes empujaba hacia fuera la popa del barco, mientras otro trataba de retenerlo aún por la proa. Los fugitivos saltaban lanzando gritos, y eran halados a bordo o caían de espaldas en el mar, donde perecían. Algunos eran derribados por sus perseguidores en la misma escollera. Muchos se hirieron ellos mismos en la cubierta del buque por la ciega precipitación y el terror con que se atropellaban, saltando uno por encima de otro, y un tercero por encima de los dos. Al fin, deliberada o casualmente, quedó libre la proa del Buena Esperanza; Lawless, siempre alerta, y que a viva fuerza se había mantenido en su puesto junto al timón durante todo el tumulto y barullo, haciendo uso de su daga, al instante viró en la dirección debida. Comenzó una vez más a navegar el buque en aquel borrascoso mar, corriendo la sangre por los imbornales, repleta la cubierta de hombres caídos que se arrastraban luchando en la Oscuridad.

Lawless envainó entonces su daga y, volviéndose al que tenía más próximo, le dijo:

—Todos esos perros cobardes y aulladores llevan mi señal, compadre.



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