La Flecha negra
La Flecha negra Mientras todos saltaban luchando para poner a salvo sus vidas, no parecieron advertir los hombres los terribles empujones y las puñaladas con que Lawless defendió su puesto en medio de la confusión y el tumulto. Pero acaso habÃan comenzado ya a darse cuenta más clara de lo ocurrido, o tal vez alguien más oyó las palabras del timonel.
Las tropas de las que se ha apoderado el pánico se rehacen lentamente, y los hombres que acaban de deshonrarse por cobardes, como si quisieran borrar el recuerdo de su falta, caen a veces en el extremo opuesto, en la insubordinación. Asà ocurrÃa ahora, y los mismos que habÃan tirado las armas y hubo que izar, con los pies por delante, al Buena Esperanza, comenzaron a gritar contra sus jefes y a exigir un castigo para alguien.
Blanco de este ruin sentimiento de hostilidad fue, al fin, Lawless.
Con objeto de tomar el largo conveniente, el viejo forajido habÃa puesto la proa del Buena Esperanza rumbo a alta mar.
—¡Cómo! —gritó uno de los que refunfuñaban—. ¡Ahora nos lleva hacia alta mar!
—¡Es verdad! —exclamó otro—. No hay duda de que estamos vendidos.