La Flecha negra
La Flecha negra Y comenzaron todos a vociferar a coro lo mismo, que los habían traicionado, y a reclamar con penetrantes gritos y abominables juramentos que Lawless virara en redondo y los condujera inmediatamente a tierra.
Pero Lawless, rechinando los dientes, continuó en silencio gobernando la nave del modo debido, guiando al Buena Esperanza entre las formidables olas. Entre borracho y picado en su dignidad, despreció en silencio las infamantes amenazas y vanos temores de los hombres. Los descontentos se reunieron a popa, detrás del mástil, y era evidente que, como los gallos del corral, «cantaban para infundirse valor». Pronto estarían dispuestos para cometer cualquier injusticia o ingratitud. Dick comenzó a trepar por la escala, ansioso de intervenir; pero uno de los forajidos, que también tenía algo de marinero, le ganó por la mano.
—Muchachos —comenzó—: Me parece que tenéis la cabeza más dura que un madero. Para regresar, primero hay que tomar el largo, ¿no es verdad? Y ese viejo Lawless…
Un puñetazo en la boca le impidió continuar; un momento después, rápidamente, como prende el fuego en un montón de paja seca, fue arrojado sobre cubierta, pisoteado y rematado a puñaladas por sus cobardes compañeros.
Estalló entonces la contenida ira de Lawless.