La Flecha negra
La Flecha negra —¡Llevad, pues, el timón vosotros! —rugió lanzando una horrible maldición.
Y sin importarle un comino el resultado, soltó el timón.
El Buena Esperanza temblaba sobre la cresta de una inmensa ola. Se precipitó con velocidad vertiginosa por el lado opuesto. Inmediatamente otra ola, cual negra y enorme fortaleza, surgió frente a él, y, con vacilante embestida se hundió de cabeza en la líquida montaña. Las verdes aguas pasaron por encima, de proa a popa, en una masa que alcanzaba la altura de las rodillas de un hombre; la espuma subió más alta que el mástil, y el barco se levantó de nuevo del otro lado, con espantosa y trémula indecisión, como gigantesco animal mortalmente herido.
Seis o siete de los descontentos acababan de ser lanzados por la borda; en cuanto al resto, tan pronto como recobraron el habla, comenzaron a implorar a gritos a todos los santos del cielo y a suplicar a Lawless que volviera a empuñar la caña del timón.
No esperó Lawless a que se lo pidieran dos veces. El terrible resultado de su gesto de justo resentimiento le había serenado por completo. Mejor que nadie de cuantos a bordo estaban sabía cuán cerca estuvo el Buena Esperanza de irse a pique, y por la desmayada resistencia que había opuesto al mar, que no había desaparecido el peligro.