La Flecha negra
La Flecha negra —Master Shelton —repuso Lawless—; he sido franciscano (¡bendita sea mi suerte!), arquero, ladrón y marinero. De todos estos trajes, preferirÃa vestir a la hora de mi muerte el de fraile, como fácilmente comprenderéis, y el que menos me gustarÃa es el embreado chaquetón de John el marinero; y eso por dos razones excelentes: primero, porque la muerte puede pillarle a uno de repente; y segundo, por el horror de ahogarme en este gran remolino salado que tengo bajo mis pies.
Y Lawless dio una patada en el suelo.
—Sin embargo —añadió—, si no muero como un marinero esta noche, le deberé un gran cirio a Nuestra Señora.
—¿Es cierto? —preguntó Dick.
—Tal como os lo digo —respondió el forajido—. ¿No observáis cuán pesada y lentamente avanza el barco sobre las olas? ¿No oÃs cómo el agua ha inundado la bodega? Casi no obedece ya al timón. Esperad a que se hunda un poco más, y entonces lo veréis irse a pique como una piedra bajo vuestros pies o iremos a encallar a sotavento y se hará pedazos como una cuerda retorcida.
—Hablas con mucha tranquilidad —observó Dick—. ¿No tienes miedo?