La Flecha negra
La Flecha negra —¿Por qué, señor? —replicó Lawless—. Si hubo un hombre con mala tripulación para llegar a buen puerto, ese hombre soy yo… fraile renegado, ladrón y todo lo demás. Pues bien, quizá os maraville, pero aún llevo en las alforjas provisión de esperanzas, y si he de ahogarme, creed que me ahogaré con la vista clara y la mano firme, master Shelton.
Dick no contestó palabra. Pero sorprendido de hallar tan resuelto de ánimo al viejo vagabundo y temiendo alguna nueva violencia o traición, fue en busca de tres hombres de confianza. La mayor parte de los hombres habÃan desaparecido de cubierta, que constantemente era barrida por la espuma y donde quedaban expuestos al frÃo viento de invierno. Se habÃan reunido, pues, en la bodega, entre los barriles de vino y alumbrados por dos oscilantes linternas.
Algunos seguÃan de juerga, brindando unos a la salud de otros y bebiendo grandes tragos del vino de Gascuña del patrón Arblaster. Pero como el Buena Esperanza continuaba luchando con las encrespadas olas, y popa y proa se alzaban alternativamente al aire para luego hundirse entre la espuma, el número de los alegres bebedores disminuÃa a cada nuevo bandazo. Muchos se sentaron aparte curándose las heridas, pero la mayorÃa yacÃan postrados por el mareo y gimiendo en el pantoque.