La Flecha negra

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6. El Buena Esperanza (conclusión)

LOS GEMIDOS del barón herido se mezclaban con los aullidos del perro del barco. El pobre animal, bien por la pena de verse separado de sus amigos, bien porque presagiase un peligro en la trabajosa lucha del buque, lanzaba sus aullidos a cada minuto, como cañonazos intermitentes en señal de duelo, por encima del rugir de las olas y del temporal, y los más supersticiosos creían oír en ellos doblar a muerto por el Buena Esperanza.

Habían colocado a lord Foxham en una litera, sobre un capote de piel. Una lamparilla ardía débilmente ante la Virgen colocada en la lámpara, y a su tenue resplandor vio Dick el pálido semblante y los hundidos ojos del herido.

—Estoy gravemente herido —dijo—. Acercaos, joven Shelton, quiero tener junto a mí a alguien que, al menos, sea bien nacido, pues después de disfrutar siempre de vida noble y regalada, bien triste y miserable trance es el de caer herido rastreando en ruin escaramuza y morir aquí en este sucio barco donde se hiela uno entre granujas y villanos.

—No, milord, no —objetó Dick—; yo pido a todos los santos y confío en que pronto os curaréis de vuestra herida y llegaréis sano y salvo a tierra.

—¿Cómo? —preguntó el lord—. ¿Llegar salvo a tierra? ¿Hay, pues, esperanzas?


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