La Flecha negra
La Flecha negra —No quisiera que lo tomarais a mal, sir Oliver —repuso Bennet—, pero tanto se ha apretado la soga al cuello de las gentes, que esto está a punto de estallar; eso mismo veÃa venir el pobre Appleyard. Y si me lo permitÃs, os diré que la gente nos odia tanto que no necesitan que los espoleen los de York ni los de Lancaster. OÃd lo que yo pienso: vos, que sois clérigo, y sir Daniel, que tan pronto navega a uno como a otro viento, os habéis apoderado de los bienes de muchos y habéis hecho apalear y colgar a no pocos hombres. Ahora os piden cuentas de todo ello; pero como, al fin, no sé por qué, siempre os favorece la ley, creéis que todo queda arreglado. Pero permitidme que os diga, sir Oliver, que el hombre que habéis despojado de sus bienes y mandado apalear es el que más indignado está ahora, y un buen dÃa, azuzado por el diablo, echará mano de su arco y os meterá en el cuerpo una flecha.
—No, Bennet, estás en un grave error. DeberÃas agradecerme que te corrija —replicó sir Oliver—. Eres un charlatán, Bennet, un chismoso; tienes la lengua demasiado larga. Tienes que corregirte. Bennet, tienes que corregirte.
—Bien, no diré una palabra más. Haced lo que os plazca —repuso el escudero.