La Flecha negra

La Flecha negra

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—Bien, muchachos —exclamó Lawless—; los santos nos han protegido. La marea baja; sentémonos a beber un vaso de vino y antes de media hora podréis marchar por tierra con tanta seguridad como si caminaseis sobre un puente.

Barrenaron un barril y, sentándose donde encontraron refugio que les librase de la nieve y de la espuma, los náufragos pasaron el vaso de mano en mano, procurando hacer entrar el cuerpo en calor y levantar los abatidos ánimos.

Volvió Dick, entretanto, junto a lord Foxham, a quien halló perplejo y atemorizado, cubierto de agua su camarote hasta la altura de la rodilla, y la lámpara, que era su única luz, rota y apagada con la violencia del golpe.

—Milord —dijo el joven Shelton—; no temáis nada. Evidentemente los santos nos protegen: las olas acaban de arrojarnos sobre un banco de arena, y en cuanto baje la marea podremos ir por nuestro pie a la playa.

Casi transcurrió una hora antes de que el mar hubiera descendido lo suficiente para dejar libre el buque, y pudieran al fin emprender la marcha hacia tierra, que surgía confusamente ante ellos a través de una espesa nevada.

Sobre un montículo, que se elevaba a un lado de su camino, un grupo de hombres se apiñaba observando recelosamente los movimientos de los recién llegados.


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