La Flecha negra
La Flecha negra En el combés, Greensheve, Hawksley y los hombres más escogidos de ambos grupos o compañías que había a bordo estaban rompiendo a toda prisa la cubierta para construir una balsa. A ellos se sumó Dick, trabajando con ahínco para ahogar el recuerdo de la difícil situación en que se hallaba. Mas, aun en medio de su tarea, cada golpe de mar que azotaba a la pobre embarcación y cada nuevo bandazo, mientras vacilaba revolcándose entre las olas, le recordaba con horrible angustia la proximidad de la muerte.
Enseguida, al levantar la vista de su trabajo, observó que se hallaban casi debajo de un promontorio; un trozo de acantilado que se había desprendido, contra cuya base rompía el mar en abundante espuma, casi sobresalía de la cubierta, y por encima de aquél aparecía una casa coronando una duna.
Dentro de la bahía retozaban alegremente las olas; alzaron al Buena Esperanza sobre sus hombros, cubiertos de espuma; arrebataron el mando al timonel y, en un momento, arrojaron al barco con violento impulso sobre la arena y rompieron las olas contra él a la altura de la mitad del mástil, haciéndole bambolearse de un lado a otro. Siguió otra gran oleada; lo levantó de nuevo y se lo llevó más hacia dentro aún; y luego otra ola llegó a sucederla, dejándolo sobre la costa de los más peligrosos arrecifes, clavado como una cuña en un bajío.