La Flecha negra
La Flecha negra Apuntaba el dÃa, frÃo y sereno, con volanderos copos de nieve. Muy cerca, a sotavento del Buena Esperanza, se extendÃa la costa, alternando en ella los rocosos promontorios y las bahÃas arenosas; más cerca de tierra, destacaban contra el cielo las cumbres de Tunstall, pobladas de bosques. Viento y mar se habÃan apaciguado; pero el barco navegaba casi hundido y apenas se levantaba sobre las olas.
Lawless se encontraba aún junto al timón, y ya entonces casi todos los hombres habÃan ido arrastrándose hasta cubierta, y con sus caras lÃvidas miraban atentamente la costa inhóspita.
—¿Vamos a tierra? —preguntó Dick.
—Sà —contestó Lawless—, a menos que antes nos vayamos al fondo.
En aquel instante el buque se alzó tan lánguidamente ante un golpe de mar, y con tanta fuerza batió el agua sobre la bodega que Dick, involuntariamente, asió el brazo al timonel.
—¡Por la misa! —exclamó Dick cuando la proa del Buena Esperanza reapareció sobre la espuma—. CreÃa que nos Ãbamos a pique. El corazón se me subió a la garganta.