La Flecha negra
La Flecha negra —Solemnemente me comprometo a ello —dijo Dick—. En cuanto de mà dependa, quedará cumplida esta misión.
—Está bien —dijo el herido—. Milord el duque os dará otras órdenes, y si le obedecéis con celo y valor, vuestra fortuna está hecha. Acercadme ahora algo más la lamparilla, hasta que escriba esas lÃneas que he de daros.
Escribió una breve misiva «a su honorable pariente sir John Hamley», y luego otra que dejó sin sobrescrito.
—Ésta es para el duque —dijo—. El santo y seña es: «Inglaterra y Eduardo», y la contraseña «Inglaterra y York».
—¿Y Joanna, milord? —preguntó Dick.
—No, a Joanna la conseguiréis como podáis —replicó el barón—. En estas dos cartas os nombro elegido mÃo; pero a ella la habréis de conquistar por vos mismo, muchacho. Como estáis viendo, yo lo he intentado, y he perdido la vida. Más no podrÃa hacer hombre viviente.
El herido comenzaba a sentirse muy fatigado y Dick, metiéndose los preciados papeles en su seno, le dio ánimos y le dejó para que descansara.