La Flecha negra

La Flecha negra

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—Sí —exclamó el barón—, sí: órdenes. —Y miró a Dick con aire perplejo—: ¿Sois de los Lancaster o de los York? —preguntó al fin.

—Vergüenza me da decirlo —contestó Dick—, pero no puedo contestaros clara y terminantemente. Lo que tengo por cierto, sin embargo, es que desde el momento en que sirvo a Ellis Duckworth, sirvo a la casa de York. Pues bien, siendo así, me declaro en favor de York.

—Está bien —dijo lord Foxham—, perfectamente. Porque, en verdad, si hubierais preferido a Lancaster, no sé yo entonces lo que hubiera hecho: Pero desde el momento que optáis por York, escuchadme: yo tan sólo vine aquí para vigilar a esos lores de Shoreby, mientras el excelente y joven Richard de Gloucester preparaba un ejército suficiente para caer sobre ellos y dispersarlos. He tomado notas de sus fuerzas, de las guardias que han montado y de dónde están situadas; todos estos datos debía yo entregarlos a mi joven lord el domingo, una hora antes del mediodía, en la Cruz de Santa Brígida, junto al bosque. No es probable que yo pueda acudir a la cita; pero os ruego que, por cortesía, acudáis vos en mi lugar; y ved que ni placer, ni dolor, tempestad, herida o pestilencia, os impidan llegar a la hora y sitio convenidos, porque van en ello la suerte y la prosperidad de Inglaterra.


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