La Flecha negra
La Flecha negra —El barco avanza con dificultad, malo está el mar, contrario es el viento —respondió el muchacho—, y, por lo que me dice el timonel, mucho será que lleguemos a tierra a pie enjuto.
—¡Ah! —exclamó el barón tristemente—. ¡Todos los terrores me asaltarán asà en el tránsito de la muerte! ¡Pedid a Dios, caballero, que os conceda una existencia mÃsera y morir tranquilamente, mejor que veros toda la vida ensalzado y regalado a son de gaita y tamboril, para que luego, en vuestras postreras horas, os veáis hundido en la desdicha! Sea como fuere, tengo algo en la mente que no admite dilación. ¿No tenemos cura a bordo?
—Ninguno —contestó Dick.
—Atendamos, entonces, a mis intereses profanos —resumió lord Foxham—. Cuando haya muerto, debéis mostraros tan buen amigo mÃo como intrépido enemigo fuisteis en vida. Caigo en mala hora para mÃ, para Inglaterra y para los que en mà confiaron. Mis hombres son conducidos por Hamley… el que era vuestro rival; se reunirán en la sala grande de Holywood; este anillo que sacaréis de mi dedo acreditará que obráis por orden mÃa; además, escribiré dos palabras en este papel, ordenando a Hamley que os ceda la damisela. ¿Obedeceréis? No lo sé.
—Pero, milord, ¿de qué órdenes habláis?