La Flecha negra
La Flecha negra —Aquà tenéis, pues —dijo—, la madriguera del viejo Lawless. ¡Quiera el cielo que no entre aquà ningún perro raposero! Mucho he robado yo por el mundo desde que tenÃa catorce años y huà por vez primera de mi abadÃa, con la cadena de oro del sacristán y un misal que vendà por cuatro marcos. He estado en Inglaterra, y en Francia, y en Borgoña, y en España también en peregrinación por el bien de mi pobre alma, y en el mar, que no es paÃs de nadie. Pero mi sitio está aquÃ, master Shelton. Mi patria es esta madriguera en la tierra. Llueva o sople el viento… luzca abril y canten los pajarillos y caigan las flores en torno a mi lecho, o venga el invierno y me sienta solo con mi buen compadre el fuego mientras el petirrojo gorjea en el bosque… aquà están mi iglesia y mi mercado, mi mujer y mi hijo. Aquà vuelvo a refugiarme siempre, y aquÃ, ¡quiéranlo los santos!, quisiera morir.
—No hay duda de que es un rincón caliente —observó Dick—, agradable y escondido.
—Necesita serlo —repuso Lawless—, porque si lo descubriesen, master Shelton, me destrozarÃan el corazón. Pero aquà —añadió escarbando con sus gruesos dedos en el arenoso suelo—, aquà está mi bodega y vais a probar una botella de fuerte y excelente cerveza añeja.