La Flecha negra
La Flecha negra Tras haber ahondado un poco, en efecto, sacó de allí un botellón de cuero, de un galón aproximadamente, lleno casi en sus tres cuartas partes de un vino muy fuerte y dulce, y una vez que bebieron como buenos amigos cada uno a la salud del otro y avivaron el fuego, que brilló de nuevo, se tumbaron cuan largos eran, deshelándose y humeando y sintiéndose, en fin, divinamente calientes.
—Master Shelton —observó el forajido—: Dos fracasos habéis sufrido últimamente, y es probable que os quedéis sin la doncella… ¿estoy en lo cierto?
—Sí, cierto es —insistió Dick.
—Pues bien —prosiguió Lawless—; escuchad a un viejo loco que ha estado en casi todas partes y ha visto casi de todo. Os ocupáis demasiado de los asuntos ajenos, master Dick. Servís a Ellis, pero él no desea más que la muerte de sir Daniel. Trabajáis por lord Foxham, bien… ¡qué los santos le protejan! Sin duda sus intenciones son buenas. Pero trabajad ahora por cuenta propia, buen Dick. Id sin rodeos en busca de la doncella. Cortejadla, para que no os olvide. Estad preparado, y en cuanto la ocasión se presente… ¡a galope con ella en el arzón!
—Sí, Lawless; pero no hay duda de que está ahora en la propia mansión de sir Daniel —repuso Dick.
—Hacia allí iremos entonces —replicó el forajido. Dick le miró sorprendido.