La Flecha negra
La Flecha negra —Sé muy bien lo que me digo —afirmó Lawless—. Y si tan poca fe tenéis que vaciláis ante una palabra, mirad.
Sacando del seno una llave, el forajido abrió el arcón de roble y, rebuscando en su fondo, sacó primero un hábito de fraile, un cÃngulo de cuerda y luego un enorme rosario de madera, tan pesado que bien pudiera servir de arma.
—Esto es para vos. Ponéoslo.
Una vez se hubo disfrazado Dick con el hábito, sacó Lawless unos colores y un pincel y procedió con la mayor habilidad a desfigurar con ellos sus facciones. Espesó y alargó sus cejas, análoga operación practicó con el bigote, que en él apenas era visible, y con unos trazos en torno a los ojos cambió su expresión y aumentó aparentemente la edad de aquel juvenil monje.
—Ahora —añadió—, cuando haya yo hecho lo propio conmigo mismo, seremos la más gentil pareja de frailes que la vista pudiera desear. Audazmente nos presentaremos en casa de sir Daniel, y allà nos prestarán hospitalidad, por el amor de Nuestra Madre la Iglesia.
—Y ¿cómo podré pagaros yo ahora, querido Lawless? —exclamó el muchacho.