La Flecha negra
La Flecha negra —Callad, hermano —contestó el forajido—. Nada hago que no sea por mi gusto. No os preocupéis de mÃ. Yo, ¡por la misa!, soy de los que saben cuidar de sà mismo. Cuando algo me falta, larga tengo la lengua y tan clara la voz como la campana del monasterio…, y pido, hijo mÃo, y cuando el pedir no da resultado, generalmente me lo tomo yo mismo.
El viejo pillo hizo una graciosa mueca, y aunque a Dick le desagradara deber tan grandes favores a tan equÃvoco personaje, no pudo reprimir la risa.
Volvió Lawless al arcón y se disfrazó de modo parecido a Dick, pero con sorpresa, el joven se percató de que su compañero ocultaba bajo el hábito un haz de flechas negras.
—¿Por qué hacéis eso? —preguntó el muchacho—. ¿Por qué lleváis flechas, si no tenéis arco?
—¡Ah! —replicó Lawless alegremente—. Es muy probable que haya cabezas rotas, por no decir espinazos, antes de que vos y yo salgamos sanos y salvos del lugar adonde vamos, y si alguien cae en la lucha, quisiera yo que del hecho se llevara la fama nuestra partida. Una flecha negra, master Shelton, es el sello de nuestra abadÃa; muestra quién escribió el mensaje.