La Flecha negra
La Flecha negra —Si tan cuidadosamente os preparáis —observó Dick— también llevo yo unos papeles que, por mi propio interés y el de los que me los confiaron, estarÃan mucho mejor aquà que llevándolos encima, expuestos a que me los encontraran. ¿Dónde podré esconderlos, Will?
—No, eso no es cosa mÃa —repuso Lawless—. Yo me voy ahÃ, al bosque, y me entretendré silbando una canción. Entretanto, enterradlos vos donde os plazca y allanad bien la arena después.
—¡Jamás! —exclamó Richard—. ConfÃo en vos, hombre. No voy a cometer ahora la bajeza de desconfiar.
—Hermano, sois un niño —replicó el viejo forajido, quedándose parado en la boca de la cueva y volviendo el rostro hacia su compañero—; cristiano viejo soy y no traidor a los de mi sangre, ni inclinado a escatimar la mÃa cuando un amigo está en peligro. Pero, chiquillo loco, soy ladrón de oficio, de nacimiento y por hábito. ¡Si mi botella estuviera vacÃa y seca mi boca, os robarÃa, querido niño, tan cierto como que os quiero, os respeto y admiro vuestras cualidades y vuestra persona! ¿Puedo hablaros con mayor claridad? No.
Y haciendo chasquear sus gruesos dedos, se lanzó hacia fuera entre los matorrales.