La Flecha negra

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2. «En casa de mis enemigos»

ERA LA residencia de sir Daniel en Shoreby una mansión alta, espaciosa y enlucida, con cerco de roble tallado y cubierta por techo de bálago muy bajo. Por su parte posterior se extendía un jardín lleno de árboles frutales y frondosos bosquecillos, dominado en un lejano extremo por la torre de la iglesia de la abadía.

Hubiera podido alojarse en el edificio, si hubiera sido menester, el séquito de cualquier personaje más principal que sir Daniel, pero sólo con el que en este momento albergaba, el bullicio era ya extremado. Resonaban en el patio ruidos de armas y de herraduras; la cocina, donde la actividad era continua, parecía una rumorosa colmena; de la sala llegaban las voces de los trovadores y músicos y los gritos de los titiriteros. Sir Daniel, en su prodigalidad, en el fausto y ostentación de su morada, rivalizaba con lord Shoreby y eclipsaba a lord Risingham.

Todo huésped era allí bien recibido. Bardos, saltimbanquis, jugadores de ajedrez, vendedores de reliquias, medicinas, perfumes y sortilegios, y con ellos toda clase de clérigo, fraile o peregrino, eran bienvenidos en la mesa de inferior categoría y dormían juntos en los espaciosos desvanes o en las desnudas tablas del largo comedor.


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