La Flecha negra
La Flecha negra Perfectamente —pensó Dick—. Si averiguo dónde está la cámara de lady Brackley, mucho será que no encuentre a la dama Hatch cumpliendo algún encargo.
En aquel preciso instante una mano se posó sobre su hombro, y dando un salto y sofocando un grito, se volvió para coger a la persona de la mano.
Se quedó avergonzado al ver que la persona que tan bruscamente habÃa asido era la joven de las pieles. Ella, por su parte, se habÃa quedado pasmada y muda de terror, temblando toda ella al sentirse cogida de tal modo.
—Señora —dijo Dick, soltándola—, os pido mil perdones; pero no tengo ojos en la espalda, y en verdad, no podÃa adivinar que erais una doncella.
La muchacha seguÃa mirándole; pero su terror comenzaba ya a trocarse en sorpresa y su sorpresa en recelo. Dick, al leer en su rostro el cambio que iba operándose en su espÃritu, empezó a temer por su propia seguridad en aquella casa hostil.
—Hermosa doncella —dijo, afectando tranquilidad—, permitidme besar vuestra mano, como prueba de que perdonáis mi rudeza, y me marcharé inmediatamente.