La Flecha negra
La Flecha negra —Extraño monje sois, joven caballero —replicó la damisela, mirándole con atrevimiento y suspicacia a un tiempo—. Ahora que he vuelto en mà de mi asombro, me parece adivinar al seglar en cada palabra que pronunciáis. ¿Qué hacéis aquÃ? ¿Por qué andáis asà sacrÃlegamente disfrazado? ¿VenÃs en son de paz o de guerra? Y, ¿por qué espiáis a lady Brackley como si fuerais un ladrón?
—Señora —repuso Dick—, de una cosa os ruego que no dudéis: no soy un ladrón. Y aunque viniese en son de guerra, como en cierto modo vengo, entended que no hago yo la guerra a hermosas doncellas; por tanto os suplico que me imitéis y me dejéis marchar. Porque, en verdad os digo, bella señora: gritad si asà os place; lanzad sólo un grito y explicad lo que habéis visto… y este pobre caballero que os está hablando será muy pronto hombre muerto. No puedo creer que seáis tan cruel —añadió Dick.
Y cogiéndole a la muchacha una mano, que retuvo suavemente entre las suyas, la miró con cortés admiración.
—¿Sois, pues, espÃa?… ¿Un yorkista? —preguntó la doncella.