La Flecha negra
La Flecha negra —Señora —contestó él—, soy, en efecto, un yorkista y, en cierto modo, espÃa. Pero lo que a esta casa me trajo, lo mismo que ha de ganarme vuestra piedad, interesando en favor mÃo vuestro corazón, nada tiene que ver con York ni con Lancaster. Voy a poner por entero mi vida en vuestras manos, a discreción vuestra. Soy un enamorado y mi nombre…
En este momento la joven puso rápidamente su mano sobre la boca de Dick, miró precipitadamente hacia arriba y hacia abajo y, viendo libre de enemigos el terreno, comenzó a llevarse al joven, con gran fuerza y vehemencia, escaleras arriba.
—¡Silencio! —le dijo—, y venid. Ya hablaréis después.
Algo desconcertado, Dick se dejó conducir hacia arriba, fue empujado a lo largo del corredor y metido de pronto en un aposento alumbrado, como tantos otros, por un leño que ardÃa en la chimenea.
—Y ahora —dijo la damisela obligándole a sentarse en un taburete— sentaos ahà y obedeced mi soberana voluntad. En mi mano está vuestra vida o vuestra muerte y no he de sentir el menor escrúpulo al abusar de mi poder. Fijaos bien: me habéis maltratado cruelmente el brazo. ¡Y dice que no sabÃa que era una doncella! ¡Pues si llega a saber que lo era, se quita el cinto y me da de correazos con él!