La Flecha negra

La Flecha negra

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Y tras estas palabras, salió vivamente de la estancia y dejó a Dick boquiabierto de sorpresa y no muy seguro de si estaba soñando o despierto.

—¡Quitarme el cinto para darle de correazos! —se repetía una y otra vez.

Y el recuerdo de cierta tarde en el bosque acudió a su mente, y una vez más le pareció ver a Matcham queriendo hurtar el cuerpo y mirándole con ojos suplicantes.

Mas entonces le asaltó el temor de los peligros presentes. En el aposento contiguo percibía un ruido como de alguien que se moviera precipitadamente; luego siguió un suspiro que sonó extrañamente cerca; después un crujir de faldas. Escuchando atentamente estaba cuando vio moverse el tapiz que cubría una de las paredes, oyó el ruido de una puerta al abrirse, las colgaduras se separaron y con una lámpara en la mano entró en la estancia Joanna Sedley.

Iba ataviada con costosas ropas de oscuros y cálidos colores, como corresponde a la estación de las nieves. El cabello lo llevaba recogido en lo alto, como si ciñera una corona. Y aquélla que tan pequeña y desmañada parecía con el traje de Matcham, surgió ahora esbelta como un sauce joven y se deslizaba sobre el piso como si despreciara la molesta tarea de andar.

Sin un estremecimiento, sin un temblor, levantó la lámpara y contempló al joven monje.


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