La Flecha negra
La Flecha negra —¿Qué os ha traÃdo aquÃ, buen hermano? —le preguntó—. Sin duda os dirigieron mal. ¿Por quién pregunta?
Y colocó la lámpara sobre una repisa.
—¡Joanna!… —exclamó Dick, y la voz se le anudó en la garganta—. ¡Me dijiste que me amabas, y yo, loco de mÃ, lo creÃ!
—¡Dick! —exclamó ella a su vez—. ¡Dick!
Con gran asombro del muchacho, la hermosa y esbelta damisela avanzó un paso y, enlazando sus brazos a torno a su cuello, le dio cien besos en uno solo.
—¡Oh, loco! —exclamó ella—. ¡Oh, Dick mÃo! ¡Si pudieras verte! ¡Ay! —añadió haciendo una pausa—. ¡Te he estropeado el rostro, Dick! Te he borrado un poco de pintura. Pero eso puede enmendarse. Lo que no tiene enmienda, Dick… mucho me temo… es mi boda con lord Shoreby.
—¿Está, pues, decidida? —preguntó el muchacho.
—Para mañana, antes del mediodÃa, Dick; en la iglesia de la abadÃa —contestó ella—. Triste fin van a tener John Matcham y Joanna Sedley. De nada sirven las lágrimas; si asà fuera, llorarÃa hasta dejar mis ojos exhaustos. No he dejado de rezar, pero el cielo no escucha mis súplicas. Y si tú, Dick mÃo, buen Dick, no puedes sacarme de esta casa antes de la mañana, besémonos una vez más y digámonos adiós.